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viernes, 29 de junio de 2012

Traducción simultánea


Amor y traducción se parecen en su gramática. 

Querer a alguien implica transformar sus palabras en las propias. Esforzarnos en entender a la otra persona e, inevitablemente, malinterpretarla. Construir un precario lenguaje en común. 

Para traducir un texto hace falta desearlo. Codiciar su sentido. Cierta necesidad de poseer su voz. El amante se mira en la persona amada buscando semejanzas en las diferencias. Quien traduce se acerca a una presencia extraña en cuya identidad, de alguna forma, se ha reconocido. Traductores y amantes desarrollan una susceptibilidad casi maníaca. 

Dudan de cada palabra, cada gesto, cada insinuación que surge enfrente. Sospechan celosamente de cuanto escuchan: ¿qué habrá querido decirme en realidad? En ese diálogo que alterna rutina y fascinación, conocimiento previo y aprendizaje en marcha, ambas partes terminan modificadas. 

Amando y traduciendo, la intención del otro se topa con el límite de mi experiencia. Para que esto funcione, tendremos que admitir los obstáculos: no vamos a poder leernos literalmente. Voy a manipularte con mi mejor voluntad. 

Lo que no se negocia es la emoción.


- Andrés Neuman,

[Photo: darklorddisco Flickr]

miércoles, 20 de abril de 2011

El extraño

 
Yo me nutro de errores y de sangre,
jamás podré tener otro retrato
que este casi saber, este conato

de amor en la mitad de una masacre.


¿Hacia dónde camino? Es lo de menos.

Camino, que ya es mucho, y rompo el paso.

Mi sed ya no tendrá forma de vaso

sino de voz impura, aliento lleno.


He cambiado el escudo por la duda
y apenas reconozco mis heridas:

no es la piel, es el tiempo lo que muda.


Dejaré las limpiezas conocidas

por otras suciedades más desnudas

que consigan arder como dos vidas.


- Extrañezas, en "Década"
Andrés Neuman. -


[Photo: Amandine Paulandré Flickr]

martes, 12 de abril de 2011

Exceso de visión

 
Hans miraba la figura de Sophie y no sabía qué entender. Su vista balbuceaba y parpadeaban sus labios, se le nublaba la boca y se le hacían agua los ojos. Así que optó por apretar todo aquello que no lograba contemplar. Se acercó, se aferró a ella y sintió que sus sentidos se reconciliaban, que en el lugar del enigma se imponía el acto. Ahora, sin distancia, conseguía aprehender la presencia imaginada y posible de Sophie, que tiritaba sin miedo y suspiraba sin romanticismo.


- "El viajero del siglo",
Andrés Neuman. -

[Photo: Lina Scheynius Flickr]